lunes, julio 16, 2012


He vuelto sola a casa, a dormir con mi gata. No es albur, ni alusión. Es un gato. Mi físico tiene la capacidad de atraer a ciertas personas. Hombres o mujeres que se acercan a mí curiosos, preguntan mi nombre, a qué me dedico, qué música me gusta.

Pero lo que mi físico ha favorecido en mí como un ente social, mi personalidad y mi discurso lo derrumban. Soy así, digamos: mamona. Puedo ser cortés, sin dejar de lado el sarcasmo o la ironía. Sin dejar nunca de menospreciar a quienes me rodean: en un bar me gusta llamar la atención. Gritar pendejadas, bailar sensual con mis amigas. Invito a que se me acerquen.

Pero inevitablemente vuelvo sola a casa. A veces sí me esfuerzo en que eso suceda. Y cuando me recrimino mi soledad, una voz amiga me recuerda: “¿a cuántos has rechazado con una burla estallando en tu rostro, una frase que recordamos en conjunto y que aplaudimos esa noche y las subsecuentes?”.

Regreso a casa, fumo un cigarro y escucho música. Ocasionalmente recibo un mensaje o una llamada: “te extraño”, me dicen. “Quiero verte”, “¿dónde estás?”. Nunca contesto, pues siempre espero un remitente distinto, un remitente que no llama ni escribe.

Después del bullicio, del acoso también, algunas veces, de hombres borrachos que me asedian como a muchas otras mujeres. Después de la fiesta busco el silencio. Aventarme al vacío de mi soledad y abrazarme a ella. Indistinta, cariñosa, estimulante.

Y cuando me encuentro en mi cama tocándome a solas, contrasto mis recuerdos. En su mayoría busqué y aprecié como nunca mi soledad. Pero hubo ocasiones en las que mi carne suplicaba por marcar un número, enviar un mensaje, pronunciar un nombre. Alguna vez lo hice y su resultado me invitó a volver, una y otra vez a casa, solitaria, callada, tranquila. A dormir con mi gata.

¿Dónde estás? Me muero por saber si pensaste siquiera una vez en mí durante tu día. Pinche curiosidad. Pinche. Me encabrona ser yo quien toca la suavidad de mi piel y no tú. Estoy aquí, murmurándome frases cogelonas al oído, escuchando música para hacer el amor, y no tengo siquiera el valor de masturbarme, por miedo a sentirme más sola y vacía que cuando aún portaba alguna vestimenta mi cuerpo.

Otras veces también, me desnudo frente al espejo. Admiro las líneas de mi cuerpo que, tiene algún encanto. Seduzco a mi propio reflejo y bailo. Bailo y admiro mi vestido, mi tatuaje. Me contorsiono, me miro la espalda y sus músculos mientras me deleitan mis propios movimientos. Me desnudo y sigo bailando, miro el brincotear de mis senos, la caída de mis nalgas, cómo tiemblan las lonjas de mi cadera.

Bailo y bailo, caleidoscópicamente, mientras en mis oídos resuena Cerati y sus cosas imposibles. Yo también quiero hacer cosas imposibles: asir mi propia cintura y bailar, bailar con el cabello alborotado y los ojos un tanto torcidos por la borrachera. La boca seca que se relame para bajar por mi torso, presionar mis pezones, olerme los dedos después de acariciar mi entrepierna.

Volver sola a casa: quién dice que es aburrido. Si nunca sabes cómo te vas a poner. 

2 comentarios:

Erika Said dijo...

Te amote, mi reina.

Anónimo dijo...

ja ja ja lo mejor del relato es el soñar con ser la diva que atrae a muchos y rechaza a todos, y soñar que estar más sola que una ostra es un valiente ejercicio voluntario que además resulta divertido y deliciosamente egoista. Todos tienen esas fantasías de autodefensa de vez en cuando. Eso sí, al llegar una y otra vez a tu nada disfrazada de gata, debes "ponerte" de algún modo o escribirla en un blos. Hará más fácil de soportar el vacío. ¿Será por eso que todos los pobres tipos que se creen escritores se compran gatos?.