jueves, abril 19, 2012

soñé que amaba a un hombre.

dejé de lado todos esos orgasmos oníricos que alcancé al lamer pliegues rosados y lampiños, de piel mojada, temblorosa. siempre he tenido sueños húmedos con mujeres. desperté tantas noches y mañanas con la ropa interior empapada, incluso luego de verme lamiendo mi propia vulva.

pero este hombre llegó encabronado a mi. su rostro alargado y pálido era el de un pervertido, un acosador que me abordó por las calles, y que prácticamente me violó mientras yo comenzaba a amarle, confundida y asombrada.

lo primero que recuerdo es su semen al caer en mi rostro, mientras yo aún lamía y besaba la punta resbalosa de su verga. la recorría desde la base con desesperación, para no perder una sola gota: "cómetelos todos", me ordenó mientras arqueaba su espalda hacia atrás y emitía sonidos guturales de placer.

podíamos coger en las banquetas, callejones, asientos traseros de autos y camionetas; participábamos en orgías y cuartos oscuros, en donde nos encontrábamos los miembros para finalmente apartarnos y, enloquecidos comer y beber el uno del otro hasta la imbecilidad.

él decidió que yo sería su servidora sexual, aunque ya desde la primera vez que me tomó yo había perdido todo interés por los otros hombres que nunca tiraron de mi cabello y cuyas frases de amor durante el sexo me aburrían mortalmente.

supe que se había enamorado de mí cuando me dijo "te amo", mientras me cogía de perrito. lo dijo pelando los dientes, estoy segura de ello, y justo antes de venirse.

la coleta de caballo en la que había recogido mi cabello para chupársela sin interrupciones, se tensó y jaló mi cuello y cabeza hacia atrás, mientras su pelvis golpeaba violentamente mi trasero (lo cual no ocurría con frecuencia, dado el tamaño de su verga) y finalmente eyaculó en mi espalda.

mientras esparcía el semen por mi piel, me la volvíó a meter para sentir el calor de mi vagina y mantener su erección. me di cuenta que ni siquiera grité. convulsa y sorprendida, respiraba violentamente y miré hacia mi vientre para recordar cómo se abultaba cada vez que él me la metía.

solté el cuerpo y él tomó mis caderas para colocarme boca arriba. puso mis rodillas sobre sus hombros y me mordió un pezón. "¿a poco ya no quieres coger?", dijo mientras me la volvía a meter y me levantaba el culo para posarse sobre sus rodillas.

cógeme, CÓ GE ME.

martes, marzo 27, 2012

te lo juro.

pienso que ser actores no debe ser tan difícil. mirar alrededor de tu vida y saber que la primera obra de teatro que protagonizas es la familia. luego viene la escuela, el trabajo. a veces los amigos y las parejas.

no hay nada más falso que decir: "te espero en mi habitación de hotel. en el número 43, mis piernas con piel de tigresa te abrazarán hasta que me hagas tuya".

deberás entender que nunca seré de ti.

que mi carne, mi tiempo, mis letras siempre regresan a su origen. que mi aparente entrega siempre es a mí misma. y que los únicos que me poseen son mi placer, mi mente y mi voluntad.

sólo la tierra podrá reclamarme cuando deje este podrido mundo. sólo el bosque, los barrancos, las llanuras y el desierto que es esta isla que habitamos en el norte, reciben mis anhelos de pertenencia.

allí habré de esparcir la carne que hoy adoras.

lunes, marzo 12, 2012

visita dominical


llegar a casa y sentarme a la mesa luego de saludar a papá. constatar que he encontrado la manera de vestirme y arreglarme de tal manera que agrade a mis padres. quizá me he vuelto un poco como ellos y, encuentro satisfacción en atuendos que reflejen inocencia y pulcritud. 


mirarlos a los ojos y sonreír mientras les cuento cómo me ha ido en el trabajo o digo alguna broma. en mi mente resuenan las palabras: 


mamá ayer hice ácido. mamá ayer tuve un trío. mamá, ayer me practiqué un aborto. 


soy la mujer que moralmente aborrecerían. pero mi corte de pelo estilo japonés, mi cara limpia de maquillaje y mis botas con correas tipo cowgirl les recuerda a su hija de trece años. 


mi madre sintoniza la radio cristiana. la comida está deliciosa.

domingo, febrero 12, 2012

manual para autoinmolarse volumen III; o de cómo O vino a besar mis heridas




"Una horrible saciedad de dolor y de voluptuosidad, hubiera debido empujarla poco a poco hacia las riberas de la insensibilidad, próximas al sueño o al sonambulismo. Todo lo contrario".  

Pauline Réage, Historia de O


muchas veces me había cogido por detrás, pero ese día me negué, así que echamos un palo bastante ordinario.

-mira nomás, cuando más buena te estás poniendo y se te ocurre dejarme cabrona- me dijo mientras me abrazaba por detrás, luego de darme una fuerte nalgada. 

aunque ya habíamos cogido -luego de semanas de no vernos, y aún con sus reproches en cada oración-, cogió mis brazos fuertemente y me puso boca abajo. 

yo pensé que jugaba, pero sus piernas también se posaron sobre las mías, inmovilizándome. 

-no quiero-, fue mi primera negativa, seguida de un "que no quiero", "en serio no quiero", "no estoy jugando", "por favor, ya suéltame".

supongo que vio en mis negativas una muy buena actuación, lo cual sólo endurecía su arma cada vez más. y digo arma, porque me penetró sin cuidado alguno y me cogió duro hasta que dejé de gritar y de forcejear, para llorar en silencio.

-es tu culpa, ¿porqué me pegas tanto el culo, si sabes que me gusta cogerte así?-, fue su única respuesta.

usualmente nuestros juegos sexuales eran pesados. casi siempre terminaba pegándome y escupiéndome en la cara, mientras me gritaba "puta", o fingíamos que yo era una adolescente violada por un pervertido.

varias veces también, mientras me cogía de perro, me avisaba que me penetraría para venirse en mi culo. me estaba educando para admitir el dolor como una manera más de placer, y me gustaba.

pero ésa fue la última vez que alguien me cogió. volví a intentar todas esas cosas con otros hombres. traté de educarlos para que abusaran de mí, como lo hacía él; y lo hacían, sí. pero en mi placer por el dolor seguía incrustado su nombre: tuve que dejarlos ir.

viernes, diciembre 23, 2011

no habrá mucho qué decir sobre mi madre, salvo que era espléndida y hermosa. de mí hay mucho menos qué decir, salvo que la he amado como una loca. tanto, como para querer absorber su dolor como una esponja. una esponja sin poros para retenerlo y no dejarlo volver a ella.